Crédito fotografía: 
Roberto Rivas Suárez

Subió hasta la mitad y decidió descansar porque la inclinación pronunciada le estaba moliendo las envejecidas rodillas. Una banca pinturreteada a la sombra de un árbol le sirvió para el reposo de su ascenso, también se convirtió en pedestal de observación para poder ser testigo de todos quienes subían o bajaban por la rampa, o la “rampla” como la conocen muchos ovallinos.

Recordó su juventud cuando le gustaba subir por lo que en aquel entonces era una infinita anaconda de tierra pisada que le regalaba una vista impresionante de la ciudad. Ovalle en ese momento estaba creciendo lentamente y subir la rampa sólo tenía por objetivo pasar a Talhuén, visitar las parcelas de la parte alta o trabajar en la construcción del Colegio de Amalia Errázuriz, hoy San Juan Bautista. Así de viejo era.

Pero a él en su niñez y su juventud le gustaba subir porque podía despegarse del trabajo familiar y observar silenciosamente la ciudad.

Ahora con más de 80 años a cuestas y apoyado sobre un bastón que más bien parecía un báculo faraónico, no recordaba cuando fue la última vez que subió la rampa, pero se dio cuenta que siempre, incluida ésta, la había subido de día. Ahora que está completamente iluminada no sería descabellado intentar subirla una noche, aunque sinceramente no tenía motivos para hacerlo.

Las últimas veces que había visitado a sus nietos en la parte alta había tomado un colectivo desde la Plaza de Armas, pero esta vez quiso desafiar a sus piernas y ver cuánto había cambiado la subida. Quería que fuera más colorida, como las escaleras de Coquimbo, pero por su estructura y paredes de piedras de río parecía más un fortín contra piratas que un camino urbano. Sólo unos jóvenes se habrían atrevido a pintar con spray algunos puntos escondidos. Pensó que era una pérdida de lienzo de concreto. Alguien debería darle color.

Una pareja tomada de la mano pasó sonriente frente a él y se dio cuenta lo invisible que era en ese momento. Pasaron unos niños corriendo, escondiéndose del frio de otoño detrás de unas bufandas marrones, y detrás de ellos caminaban sus padres. Pasaba una mujer y su madre de la tercera edad con bolsas de telas en sus manos. Seguramente comprarían frutas y verduras. Pasó un hombre leyendo un libro, con un perro salchicha atado al otro lado de una correa azul. La mascota hacía inútiles esfuerzos por correr; no se sabía quién paseaba a quien. Pasaron unos jóvenes con poleras verdes y una pelota bajo el brazo. No parecía que iban a un juego oficial, pero sí a entrenar. Siguió con la mirada al arrugado trabajador que limpiaba las esquinas del zigzag de concreto, esas que siempre amanecen llenas de colillas y botellas de aquellos que hacen en la rampa lo que no se atreven a hacer en su casa.

Imaginó la cantidad de gente que diariamente subía o bajaba por la rampa que comenzaba en San Juan Bautista y terminaba en Miraflores, a la altura de Miguel Aguirre. Calculó la cantidad de personas que serpenteaban diariamente por ese camino y no quiso llegar a una conclusión, porque justo en ese momento un grupo grande como de quince estudiantes subían riendo y haciéndose juegos entre ellos. Imaginó que sus cálculos quedarían cortos.

Fue testigo del esfuerzo de mucha gente por subir o bajar para cumplir con sus metas: los estudiantes, los trabajadores, los vendedores o compradores, las familias.

Ya repuesto de su cansancio obligó a su humanidad a completar la otra mitad de la indetenible subida, ahora alumbrado por un sol que ese día no calentaba.

Al llegar a lo más alto volteó a contemplar al Ovalle de su infancia y la notó irreconocible: desde la altura el estadio Diaguita apenas parecía una fuente de frutas, las iglesias que desde abajo lucen imponentes, desde arriba no son más que agujas que apenas sobresalen del piso. El río se había marchado y no se quería dejar ver a lo lejos y apenas el pino de la Plaza de Armas se mostraba majestuoso a su mirada.

Cansado por los doce ángulos que tuvo que sortear de izquierda a derecha para poder subir, mostró a la ciudad su ancha sonrisa de piezas postizas, porque una vez más había subido la rampa que en su juventud la desafiaba como una infinita anaconda de tierra pisada.

 

 

 

 

 

 

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