Profesora, exgobernadora y formadora de generaciones, Laura Pizarro marcó a Ovalle y a la provincia con una forma rigurosa y cercana de ejercer el servicio público, impulsando políticas y obras que aún forman parte de la vida cotidiana de la comuna.
Ovalle despidió en los últimos días a Laura Pizarro Araya, educadora de vocación, exgobernadora provincial del Limarí y una de las primeras mujeres en asumir ese cargo en Chile tras el retorno a la democracia. Su fallecimiento cierra una trayectoria que no se explica sólo por los cargos que ocupó, sino por la forma en que entendió el servicio público: con rigor, cercanía y una mirada formadora que acompañó a generaciones.
Nacida en Combarbalá, Laura Pizarro hizo de Ovalle su lugar de vida y trabajo. Estudió en el Liceo de Niñas de la comuna y se tituló como profesora de Estado en Castellano. El 1 de marzo de 1954 inició su carrera docente en el colegio Amalia Errázuriz, institución a la que permanecería ligada por décadas. Allí dejó una marca profunda como profesora y luego como directora, liderando procesos complejos de traslado, reorganización y modernización que consolidaron el prestigio del establecimiento.
Quienes la conocieron en el mundo educativo la recuerdan como una profesora exigente, atenta a los detalles y siempre dispuesta a orientar. Esa misma impronta la llevó al ámbito público, donde trasladó la lógica de la educación a la gestión.
De la sala de clases a la gobernación
Militante de la Democracia Cristiana, fue regidora durante dos períodos y retomó funciones públicas en democracia, asumiendo posteriormente como gobernadora del Limarí. Su nombramiento tuvo un carácter pionero en una época en que la presencia femenina en cargos de alta responsabilidad aún era poco habitual. En la práctica cotidiana, su liderazgo se expresó en una administración metódica, con reglas claras y fuerte coordinación entre servicios públicos.
Quienes trabajaron estrechamente con ella destacan ese estilo. Rodrigo Palma, quien fue su secretario personal, la describió como “una servidora pública muy pulcra, eficiente administrativamente, honrada y estricta con sus equipos, tanto en la gobernación como en el municipio”. Esa exigencia, añade, estaba orientada a sacar lo mejor de quienes la rodeaban y a cumplir metas concretas en beneficio de la provincia.
Gestión con mirada social y territorial
Durante su paso por la gobernación y luego desde el municipio, participó en iniciativas que respondían a problemas estructurales del Limarí. En una provincia marcada por la sequía, impulsó instancias de coordinación para enfrentar la escasez hídrica con una mirada de largo plazo. En materia de seguridad y convivencia, apoyó programas comunitarios que permitieron mejorar la iluminación, recuperar espacios públicos y fortalecer la vida barrial. En el ámbito urbano, su gestión quedó asociada a una etapa de modernización institucional, con obras que facilitaron el acceso de la ciudadanía a los servicios del Estado, como el Edificio Público, hoy parte del paisaje cotidiano de Ovalle.
Cercanía con los jóvenes y formación de liderazgos
Más allá de las grandes obras, su sello estuvo en lo humano. En sus últimos años en la política local mostró una preocupación especial por las nuevas generaciones, promoviendo espacios de participación y apoyo concreto a estudiantes. “En su última etapa política tuvo una preocupación muy fuerte por los jóvenes; incluso donaba su sueldo de concejal para apoyarlos, lo que dio origen a la Beca Concejal”, recordó Rodrigo Palma, destacando que ese gesto fue significativo para muchos jóvenes de la época.
Esa mirada formadora, discreta pero constante, permitió que varias personas que trabajaron con ella continuaran luego carreras públicas, replicando una forma de gestión basada en la ética, el rigor y el compromiso social.
Un legado que permanece
Su trayectoria fue reconocida en vida por distintas instancias, incluido un homenaje del Senado durante el Bicentenario por su aporte a la educación. Sin embargo, su legado más visible está en lo cotidiano: en exalumnas que recuerdan a la profesora exigente y justa; en funcionarios formados bajo una ética de trabajo rigurosa y en políticas y obras que continuaron funcionando más allá de los gobiernos.
El velatorio y la sepultura se realizaron en Ovalle, acompañados por familiares, amistades y vecinos. Con su partida, el Limarí despide a una mujer que entendió la educación como una vocación de vida y el servicio público como una extensión natural de esa tarea: formar personas, ordenar instituciones y abrir caminos para el desarrollo del territorio.
