Señor director:

Me dirijo a usted como una ovallina más, para manifestar mi decepción respecto a la forma en que se decidió el nombre del nuevo estadio de Ovalle. Tras esperar ocho años, en los cuales hubo prolongadas paralizaciones de las obras y en donde se vio profundamente mermada la práctica del deporte ovallino, como ciudadanos esperábamos ser partícipes de la decisión respecto a cómo bautizar nuestro reducto.

En ese sentido, hubo muchos nombres que contaban con el respaldo popular. Uno de ellos, planteaba la posibilidad de homenajear en vida a quien es el más grande futbolista ovallino que ha visto pasar el fútbol nacional: Eduardo “Mocho” Gómez.

Eduardo Gómez no solamente encarna los valores del ídolo deportivo, sino además ha sido embajador de la ciudad de Ovalle en cientos de canchas de Chile y el mundo. Campeón con Cobreloa, seleccionado nacional y jugador insigne de Club Deportes Ovalle, terminó su carrera ante más de 5 mil personas, en el estadio que hoy, planteamos, debería llevar su nombre.

El “Mocho” se ha desempeñado por más de diez años como monitor deportivo, alejando a los niños y jóvenes del consumo de alcohol y drogas. Su escuela de fútbol -completamente gratuita- funciona en el sector de la Media Hacienda, con alumnos provenientes de distintas poblaciones de la parte alta de la ciudad. Sólo con su ejemplo, ha hecho que cientos de niños vean en el fútbol la posibilidad de surgir y salir adelante.

Sin duda hay otros nombres idóneos para bautizar el estadio. No obstante, considero que llamarlo “Diaguita” apela más al populismo que a reconocer a nuestros antepasados, lo cual parte por reconocernos a nosotros mismos como pertenecientes a algún pueblo originario, más que a instalar letras de bronce a la entrada de un recinto deportivo.  

Como dijo alguien dentro del intenso debate que se ha generado en redes sociales, el patrimonio también tiene una dimensión humana y en ese sentido, el “Mocho” es nuestro mayor tesoro vivo. Quien crea que el fútbol es sólo fútbol, está equivocado. El fútbol es un fenómeno social y cultural, y a través de él se puede construir o resignificar la propia identidad. Eduardo Gómez es un ejemplo de ello.  

 

Cathy Gómez

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