• Los dueños de los autos de rally también buscaban a Pedro para que aplicara su técnica. (Foto: Archivo personal)
  • Por muchos años, Pedro se encargó de pintar a distintas empresas de buses, como en la foto a Pullman Bus. (Foto: Archivo personal)
  • Pedro Rojas luce sus últimos trabajos, donde la pulcritud y calidad destacan en ellos. (Foto: Rodolfo Pizarro)
  • La fachada de la veterinaria de Julio Polanco, ubicada antiguamente en calle Vicuña Mackenna, fue testigo de su trabajo. (Foto: Archivo personal)
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Pedro Rojas se dedica por más de 30 años a la confección de letreros para locales comerciales. Una tradición que mantendrá por los años, transformándose en un superviviente de este oficio en Ovalle.

En sus pantalones se evidencia las marcas de pintura que dejan sus trabajos y su pequeño pero humilde taller de calle Socos se ha transformado en su segundo hogar. Por más de 20 años sus letras y letreros en icónicas tiendas de la ciudad de Ovalle fueron un verdadero boom. No usa moldes ni nada parecido, solo el pulso y la capacidad para confeccionar lo que el cliente desea. Sus armas son los pinceles, a quienes cuida como hueso santo.

Por años, cientos de locatarios confiaron en su destreza y motricidad fina para embellecer el frontis de sus casas comerciales con un sello único, como el que solo Pedro Rojas sabía darle, y que lo hace en la actualidad.

De hecho, Pedro es el único en la ciudad que continúa trabajando con la confección manual de letreros, un oficio que le ha significado el reconocimiento de sus clientes. Todo se inició desde niño, cuando observaba detenidamente a su padre a confeccionar algunas letras, como un pasatiempo. Con 11 años, veía el trabajo de su padre y poco a poco comenzó a ayudarlo.

“Cuando yo pinté me quedaron bonitas las letras. Y luego con el tiempo me decían ‘el alumno está pintando mejor que el profesor’. Y con eso agarré vuelo y comencé a dedicarme a esto”, recuerda.

“Desde que yo recuerdo, siempre trabajó en eso. Mi papá es muy hogareño y todo el dinero que juntaba era para nosotros, para la casa y ayudarnos en cierta medida para estudiar”, comenta Romina Rojas, una de sus hijas.

Y es ella una de las testigos de su oficio. Desde muy niña recuerda la pulcritud en su padre y que su capacidad le ayudó incluso para sus labores en el colegio.

“En el colegio, siempre tenía los trabajos más bonitos”, ríe Romina, quien recuerda que en más de alguna oportunidad ayudó en las actividades de aniversario del colegio.

“En el colegio hacía las pancartas para las alianzas, los lienzos y todo eso. Una vez me ayudó a realizar una disertación sobre el creador de Walt Disney, y todo eso quedó muy lindo. Él siempre destacaba en eso y todavía lo hace”, relata.

Sus primeros trabajos fueron encargados por los dueños de locales en la feria que estaba ubicada en calle David Perry. A medida que un cartel lucía en la feria, el resto de los locatarios querían anunciar sus productos con la letra de Pedro. Comenzó a darse a conocer a punta de pincelazos y, con ello, a ganar sus primeros dineros.

Y a medida que ganaba dinero para alimentar a su familia, iba aumentando el nivel de los trabajos. La técnica y el trabajo fino y detallado fue cada vez más pulcro, con lo que permitía tener más trabajo.

“Me quedó gustando esto, hasta que comencé hacerme de una profesión con esto. Ya en 1978 comencé en forma más seguida, me empecé a darme a conocer, la gente comenzó a buscarme”, dice.

Conocida era su ‘mano’ para pintar y dibujar las letras y fallada de los locales comerciales en Ovalle. Uno de los primeros grandes trabajos fue en la Veterinaria de Julio Polanco. Corría la década de los ’80 y el propietario le entregó el diseño de cómo quería que luciera su tienda. Y así fue. “Don Julio me dijo ‘le pegai a la cuestión’. Y con eso agarré vuelo”.

Otro de los grandes recuerdos de Pedro fue pintar uno por uno a los más de 35 autos participantes en los rally que se corrían en Ovalle. Trabajaba desde las 10.00 hasta las 03.00 horas del día siguiente, donde cada auto hacía fila fuera de su casa que quedara en óptimas condiciones para competir.

Pilotos como Víctor Harcha, la familia Álamo o la familia Villar comandaban su auto de carrera, requiriendo los servicios de Pedro para la competencia. Y tal como los pilotos, fueron muchos locatarios del centro de Ovalle quienes confiaban en el trabajo del pintor. La casa Rivas, la Casa Acuña, La Colmena, El Favorito, La Tentación, Casa Domb, Dabed, entre otros, fueron testigos de la calidad de los pintados.

Las empresas de buses también se animaron a requerir sus servicios para pintar réplicas de sus vehículos o para pintar las mismas maquinarias. Buses Carmelita fueron los primeros en confiar en mí a través de Guillermo Villalobos, quien “era muy meticuloso, muy exigente, pero eso servía para realizar un buen trabajo”. Al igual que la empresa Cormar Bus, Pedro pintó la primera máquina de la empresa de transporte de pasajeros y hoy por hoy pinta los letreros de los mismos buses.

Eran tiempos donde tenía harta peguita. De la Casa Domb se dirigía hasta La Colmena, después a Gonart, “y así transcurría mi día”.

PRODUCTOS QUE DURAN

Pedro asegura que sus productos son durables. En tiempos de que la mayoría de los trabajos son desechables, sus letreros permanecen junto con sus futuros dueños por larga data.

“En estos tiempos donde todo es impresión y todo de plástico, y donde todo es desechable, tener a una persona que ponga su sello y lo haga a mano, es un valor importante para quienes lo valoran, a quienes gustan de este tipo de trabajos”, destaca su hija.

Y Pedro está consciente de su calidad.

“Hay mucha gente que les gusta los trabajos pintados sobre madera, porque tiene mayor durabilidad. Por ejemplo, algunos trabajos son de plástico y pintados sobre plástico. El problema de ese tipo de trabajos es que se queman al año, por el sol y otros factores. En cambio, los que hago pueden durar en la intemperie perfectamente ocho años”, dice, mientras acota que sus trabajos son resistentes al calor del verano y el frío del invierno ovallino.

Pedro afirma que es el único en la ciudad que se dedica a la confección de letreros. Si bien el trabajo no abunda como en la década de los ’80 y ’90, trabajo no le falta. Su mano se puede apreciar en locales comerciales de calle Benavente y en varias panaderías y almacenes de barrio.

“Yo lo hago porque me gusta, es lo único que me da platita”, afirma, mientras cierra su taller de calle Socos cuando el sol ya dejaba de iluminar.

 

 

 

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